BREVE POEMARIO, David Remedios Solís

 

Al pasar de Jesús

Que se postre la luna callada,

que te lloren los musgos marchitos

y la voz de angustia empapada

y los pies descalzos y fríos.

Que tus ojos perforen los míos

y dos labios te canten al alba

de este pueblo las penas y hastíos

que nos duelen tan dentro en el alma.

Dejad, Jesús, que mi espalda

soporte esta cruz de martirio,

pues no hay paño que cure las llagas

en el cuerpo de Dios malherido.

 

De un hermano a la Virgen de la Misericordia.

Ya llega el paso, flores blancas.

Velas grandes, grandes andas.

Palio negro, negro y plata.

Plata y oro, Virgen Santa.

Me miras, ¡oh, madre!

Y lloras por mis miserias,

yo lloro porque tú lloras,

lágrimas por nuestras penas.

Tu nombre lo dice todo,

tus ojos me llenan de gloria,

ya sé que no estaré solo,

Señora de Misericordia.

 

Lágrimas

¡Oh!, lágrimas de amor

que limpian mi alma.

Ojos negros, madre de Dios

y Misericordia, dame la calma.

 

Madre

...Y ella lloró de amor

y calmó nuestra sed.

Virgen de Misericordia

dadme vuestro calor,

que mientras subís a la gloria

yo gritaré: ¡volved!

 

Nazareno

Tienes el cuerpo lleno de llagas,

tienes la frente sembrada de heridas.

Con cada gota que cae salvas un alma;

con cada gota de tu sangre compartida.

Cada corte por nosotros te desgarra,

y tus manos se aferran al madero

que se apoya en la espalda descarnada

y agudiza en tu cuerpo el sufrimiento.

Y los pies descalzos se magullan

y tus dedos se entumecen por el frío.

Y te sangra el corazón en cada lucha

y cada hueso de tu cuerpo está partido.

¡Oh, buen Jesús! eres eterno

aunque el cuerpo te atraviesen con la lanza,

porque eres Nuestro Padre Nazareno,

porque salvas a tus hijos con tus llagas.

 

Semana de Pasión

El cielo espera ese canto breve y desgarrado

que pone nuestro celo en la pasión de sangre.

El látigo rubrica el dolor en su costado roto

y ajado de pecados de muerte, teñidos de púrpura.

Un vaivén mece nuestro ánimo en la memoria,

y quien lo provoca con sus lentos pasos

sobre el mojado de lluvia en el empedrado

mantiene el sufrimiento consciente, y golpea el

suelo con ansia de martillear las conciencias

de aquellos que miran sin ver.

Las nubes se vuelven moradas a su paso,

y el cielo se arrodilla ante la magnitud de su muerte

provocando una infinita tormenta de penitencia.

 

Saeta rezada

Silencio, ¡por Dios, silencio!

Que ya sale el Nazareno,

que lleva la cruz a cuestas

pidiendo clemencia al cielo.

Que se detenga la noche

y las estrellas se apaguen,

que todo el mundo le rece

cuando el Nazareno pase.

Y una saeta se oye

que rasga nuestro silencio;

es porque Dios llora sangre

por boca del saetero.

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 Pontificia y Real Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno y

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