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Al
pasar de Jesús
Que
se postre la luna callada,
que
te lloren los musgos marchitos
y
la voz de angustia empapada
y
los pies descalzos y fríos.
Que
tus ojos perforen los míos
y
dos labios te canten al alba
de
este pueblo las penas y hastíos
que
nos duelen tan dentro en el alma.
Dejad,
Jesús, que mi espalda
soporte
esta cruz de martirio,
pues
no hay paño que cure las llagas
en
el cuerpo de Dios malherido.
De
un hermano a la Virgen de la Misericordia.
Ya
llega el paso, flores blancas.
Velas
grandes, grandes andas.
Palio
negro, negro y plata.
Plata
y oro, Virgen Santa.
Me
miras, ¡oh, madre!
Y
lloras por mis miserias,
yo
lloro porque tú lloras,
lágrimas
por nuestras penas.
Tu
nombre lo dice todo,
tus
ojos me llenan de gloria,
ya
sé que no estaré solo,
Señora
de Misericordia.
Lágrimas
¡Oh!,
lágrimas de amor
que
limpian mi alma.
Ojos
negros, madre de Dios
y
Misericordia, dame la calma.
Madre
...Y
ella lloró de amor
y
calmó nuestra sed.
Virgen
de Misericordia
dadme
vuestro calor,
que
mientras subís a la gloria
yo
gritaré: ¡volved!
Nazareno
Tienes
el cuerpo lleno de llagas,
tienes
la frente sembrada de heridas.
Con
cada gota que cae salvas un alma;
con
cada gota de tu sangre compartida.
Cada
corte por nosotros te desgarra,
y
tus manos se aferran al madero
que
se apoya en la espalda descarnada
y
agudiza en tu cuerpo el sufrimiento.
Y
los pies descalzos se magullan
y
tus dedos se entumecen por el frío.
Y
te sangra el corazón en cada lucha
y
cada hueso de tu cuerpo está partido.
¡Oh,
buen Jesús! eres eterno
aunque
el cuerpo te atraviesen con la lanza,
porque
eres Nuestro Padre Nazareno,
porque
salvas a tus hijos con tus llagas.
Semana
de Pasión
El
cielo espera ese canto breve y desgarrado
que
pone nuestro celo en la pasión de sangre.
El
látigo rubrica el dolor en su costado roto
y
ajado de pecados de muerte, teñidos de púrpura.
Un
vaivén mece nuestro ánimo en la memoria,
y
quien lo provoca con sus lentos pasos
sobre
el mojado de lluvia en el empedrado
mantiene
el sufrimiento consciente, y golpea el
suelo
con ansia de martillear las conciencias
de
aquellos que miran sin ver.
Las
nubes se vuelven moradas a su paso,
y
el cielo se arrodilla ante la magnitud de su muerte
provocando
una infinita tormenta de penitencia.
Saeta
rezada
Silencio,
¡por Dios, silencio!
Que
ya sale el Nazareno,
que
lleva la cruz a cuestas
pidiendo
clemencia al cielo.
Que
se detenga la noche
y
las estrellas se apaguen,
que
todo el mundo le rece
cuando
el Nazareno pase.
Y
una saeta se oye
que
rasga nuestro silencio;
es
porque Dios llora sangre
por
boca del saetero. |