|
Cáceres de Pasión |
||
|
por David REMEDIOS SOLÍS
Mientras resuenan mis pasos en el empedrado de la mayor de las
plazas cacereñas, desvío mi mirada desde el suelo protuberante hasta la
majestuosidad de las almenas que coronan el Arco de la Estrella. Igual que
ese camino, empinado pero glorioso, que debe seguir el cristiano para
alzarse con la eternidad en el cielo, la escalinata previa al arco se hace
costosa de superar, pero una vez vencida, me allego a un verdadero paraíso
aquí en la tierra, que bien podría ser el que tenemos por gloria eterna,
aunque le falta (y es lo único ausente) la contemplación de Dios. Una
vez atravieso esa puerta de tan extraña pero fascinante factura, mis ojos
se anulan por un instante para dar paso a una fugaz pero nítida imagen
que me transporta en el tiempo, pero sin cambiar de lugar. En fracciones
de segundo me he encontrado en el mismo sitio, pero rodeado de multitudes
que corren en busca de un suceso un tanto fuera de lo común. Como si algo
importante sucediese en la calle y los curiosos fuesen a verlo. No
comprendo lo que me ha pasado, ha sido como si hubiese tenido una visión.
Decido continuar mi caminar de frente, sin hacer demasiado caso a ese
pequeño fenómeno. Las grandes y llanas piedras de la calle Arco de la
Estrella dan la bienvenida a mis pies, que agradecen un poco de
regularidad en el pavimento, tras atravesar por el difícil suelo de la
Plaza Mayor. Quiero detenerme a contemplar y saborear lentamente la
belleza de la Plaza de Santa María,
con su robusta concatedral presidiendo la escena. En pocos segundos
la plaza, que hace nada estaba prácticamente desierta, se llena de
personas ataviadas con túnicas que corren hacia la Preciosa Sangre,
gritando “¡va por allí, por la parte alta!”. En fracciones de
segundo desaparece el bullicio y yo, curioso, dirijo mis pasos hacia la
Plaza de San Jorge, el patrón de la ciudad. Al doblar la esquina unos
muchachos, vestidos con ropas harapientas y un extraño turbante, que
vienen corriendo como diablos desde la cuesta del Marqués, casi me
arrollan sin siquiera disculparse. Cuando les sigo con la mirada en su
carrera hacia la Compañía, me percato de que la plaza del patrón está
llena de gentes que conversan entre ellos algo exaltados. “Creo que ha
sido el procurador” dicen unos. “Es un blasfemo, y el procurador no ha
sido valeroso para castigarle en nombre del gobierno. Los judíos tenemos
que darle su merecido” vociferaba un señor, que más bien parecía un
actor que una persona normal de la calle, con unas barbas muy largas y un
tanto enredadas. A mí todo
aquello me parecía una de esas representaciones teatrales que desde el
Ayuntamiento se programan para la atracción de turistas. No obstante,
curioso yo y ávido de respuestas, imito la acción de los muchachos que
me arrollaron en la esquina y comienzo a correr en dirección del gentío.
Voy salvando mediante saltos los escalones de la cuesta de la Compañía
de Jesús, subiendo hacia San Mateo, que es la parte más alta del Casco
Histórico. En San Mateo el resuello se me agota y me detengo, obligado
por la fatiga, a respirar un poco más pausadamente. No entiendo por qué
he corrido tanto si, total, los monumentos no se van a escapar de aquí.
Pero la gente continúa a la carrera, y toman dirección a la Casa del
Sol. Yo les sigo, tremendamente extrañado de la actitud de estas
personas, e incluso de la mía propia. Me olvido de detenerme a contemplar
las centenarias piedras y decido seguir la escena hasta donde me lleve la
turbamulta. Cientos de gentes corrían delante, detrás y alrededor de
mí. Sus túnicas cambiaban de forma continuamente con el frenético
mover de sus piernas. La cola de sus turbantes ondeaba al desplazarse tan
violentamente en el aire. No logro adivinar dónde está la razón de tan
extraña representación, pero yo continúo mi particular carrera. En
pocos minutos, llego a donde se agolpa una ingente cantidad de personas.
Es el Adarve, desde donde puedo ver, al otro lado de la calle, el Arco de
Santa Ana. Un tumulto de curiosos personajes me separa del Adarve. Los que
están atrás se alzan de puntillas y elevan la cabeza para lograr ver lo
que fuera que estaba sucediendo en esa travesía. La curiosidad me corroe.
Parece como si una extraña fuerza me impulsase a abrirme camino entre la
multitud, y así lo hago. Cuando llego a primera línea, no hay nada. La
gente mira hacia arriba, hacia el Adarve del Padre Rosalío. A mi derecha
está el Rectorado de la Universidad, y a mi izquierda, el Palacio de la
Generala. Mientras me extraño por la rareza de la situación, decido
esperar a ver qué ocurre, si es que ocurre algo.
Como
por inercia, dejo de mirar hacia la parte alta del Adarve, y me entretengo
en curiosear los turbantes, las túnicas y las sayas de los hombres y
mujeres que se agolpan en la plazuela.
En
pocos minutos, la multitud ha cesado en su murmullo, y han dado paso a un
silencio, como si estuvieran esperando el paso de una procesión que ya se
acerca. En el momento me doy cuenta de que el cordón de un zapato se me
ha desatado y me agacho, entre la gente, para rehacer el nudo. En el
momento de levantarme, instintivamente alzo la mirada a la calle. Un
hombre, de rasgos orientales, con la tez morena, una importante y afilada
nariz, ásperos los cabellos y ensangrentado el rostro, arrastra una cruz
de madera, enorme, de aspecto muy pesado. Sus hombros, morados y
castigados, sangran. El rostro de aquel hombre está teñido por completo
de rojo. Sus negras pupilas ya no están rodeadas de blanco, sino que se
han inundado de la sangre que brota, como un manantial, de entre sus
cabellos pardos. El hombre se detiene a mi altura. Mis oídos dejan de oír.
Todo lo que ocurre a mi alrededor se paraliza. Aquella especie de
penitente gira la cabeza, la boca cubierta de saliva viscosa, blanquecina,
los labios ajados, absolutamente deshidratado. Sus ojos, cubiertos de la
sangre que cae por su frente, se clavan en los míos. Me ha traspasado. Es
como si un desconcertante mareo se hubiese apoderado de mí en el mismo
momento en que me mira. La sangre es tan real que parece que hasta pudiese
captar su olor. Se va, caminando renqueante y lánguidamente, quejumbroso
y moribundo, dirección Arco de la Estrella. Yo me quedo allí, mirando cómo
su figura, con ese crucero aplastándole el hombro, desaparece al cruzar
la puerta por donde, siglos atrás, transitaban los carruajes. Al
no comprender nada de lo que ha sucedido, me siento, aturdido, en el suelo
de piedra, en el mismo sitio donde había visto pasar a aquel hombre. Hace
un sol no muy asfixiante, pero sí bastante lozano. No obstante, a pesar
de darle vueltas y más vueltas, durante algo más de hora y media, a lo
que acabo de ver, no consigo encontrarle una explicación al suceso. En un par de minutos serán las tres del mediodía y por ello decido marcharme. Mientras me levanto y camino hacia el Arco de Santa Ana para cruzarlo, el cielo se nubla súbitamente, y comienza una estrepitosa y oscura tormenta, con truenos ensordecedores de tal virulencia que hacen temblar el suelo bajo mis pies. Asustado, miro, desde lo alto de las Piñuelas, hacia la Plaza Mayor, donde hay tres hombres crucificados. Reconozco perfectamente la figura que se adivina clavada en la cruz que está en el centro. Ese mismo hombre me había mirado a los ojos un rato antes. |
Pontificia y Real Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno y
Ntra. Sra. de la Misericordia. Cáceres.